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Miércoles 16 Septiembre 2009

El cuidador familiar se puede convertir en un “enfermo oculto”


Son muchas las personas, sobre todo mujeres de edad mediana, las que cada día dedican la mayor parte de su tiempo al cuidado de un familiar enfermo. Pero, si se sobrepasan ciertos límites, se llega a una situación peligrosa en la que el cuidador pasa a ser un “enfermo oculto”, tal y como asegura la psicóloga Lara Carrillo.



El cuidador familiar se puede convertir en un “enfermo oculto”
Se trata de una persona que aparentemente se encuentra bien pero que, debido a la gran carga de estrés y de responsabilidad por la dedicación que emplea en el cuidado del enfermo, no puede evitar que surjan estados de tristeza incontrolables y que, en muchos casos, se exteriorizarán a través de patologías físicas específicas. La psicóloga Carrillo señala que hasta la generosidad debe tener sus límites, incluso a la hora de hablar del tiempo y la dedicación de los cuidadores. “Hay que medir con pulcritud hasta dónde llega el bienestar del otro, para que el cuidado no llegue a ser enfermizo”, apostilla esta especialista.
 
Carrillo afirma, con rotundidad, que es vital que el cuidador, así como sus propios familiares, se mantengan alerta ante los primeros síntomas que puedan hacer pensar que se está generando un problema. Así, tal y como recuerda esta psicóloga, “se debe estar atento a las señales emocionales, como la impaciencia frente al enfermo, las reacciones irascibles inesperadas, la baja autoestima e, incluso, los deseos de abandono”. Pero también caben alteraciones psicosomáticas en el cuadro sintomático del cuidador. Trastornos que pueden generar gastritis, cefaleas, insomnio, hipertensión, mareos e, incluso, anorexia. Carrillo añade que “no hay que olvidarse de los síntomas conductuales que llevan al abuso de fármacos o al absentismo laboral, los síntomas defensivos como la ironía, la tensión con el resto de la familia y la frialdad, y los que denominamos síntomas generales”.
 
En estos últimos, destacan la dificultad de concentración, la pérdida de memoria, las deficiencias en el razonamiento, una duda constante sobre la idoneidad de la ejecución y la desgana cotidiana. La experta insiste en la necesidad de detectar estos síntomas “precozmente, para lo que es imprescindible prestar atención a cualquier señal que haga sospechar que la persona está sobrecargada o saturada e intervenir rápidamente para solucionar el problema”.
 
Para no llegar a sufrir el “síndrome del cuidador”, Carrillo asegura que es esencial “saber mantener a raya las emociones negativas que puedan surgir”. Es por eso que ante el desánimo, la psicóloga aconseja “intentar aceptar lo que no se puede cambiar. Cuando la emoción predominante sea el enfado, es bueno darse un respiro e intentar alejarse temporalmente, por unos minutos, de la situación y respirar profundamente durante varias veces”.
 
Cuando el cuidador se vea asaltado por el miedo, lo mejor es planificar lo que se puede y no se puede hacer y, ante la culpabilidad, Carrillo especifica que la actitud correcta es “procurar centrarse en aquellas cosas que se hace bien, así como plantearse metas específicas y realistas. Del mismo modo, cuando el cuidador se sienta solo, lo más importante es no consentir que esa emoción domine y esforzarse por mantener vivos los contactos sociales de siempre e, incluso, buscar nuevas relaciones si fuese necesario”. 
 
A modo de conclusión, Carrillo afirma que es necesario que el cuidador comparta un porcentaje de la responsabilidad con el resto de la familia y que, ante el menor síntoma, se acuda al especialista o, incluso, se establezca relación con otras personas que se encuentran en la misma situación para intercambiar impresiones. “Volcarse en la enfermedad hace que se mantengan estilos de vida poco saludables, merma la capacidad de cuidado e influye en una peor evolución de la patología”, advierte esta experta.





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